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Catalina Gayà. Dajla. Los refugiados saharauis llevan 35 años en el desierto argelino. Marruecos ocupó su país, el Sahara Occidental, en 1975 y, desde entonces, sobreviven en condiciones extremas y gracias a la ayuda internacional. En más de tres décadas, en los campos ha vivido muchos cambios y ahora se enfrentan a un nuevo reto: dar una salida a 2.800 jóvenes que se formaron en Cuba y que en los campos no encuentran nada que hacer. Son los cubanos del Sahara, los cubarahuis. En abril del 2008, cuando fui al Sahara, muchos cubarahuis acudieron a Dajla, el campo más alejado de todos, para ayudar a los extranjeros que participaban en la quinta edición del Festival Internacional de Cine del Sahara (FISAHARA). El actor reclamo: Javier Bardem. La causa: explicar al mundo que los saharauis existen y que están dispuestos a volver a empuñar las armas. Este es el relato que escribí en esos días. Trabajé junto a Dani Cardona y entendí que ese pueblo se enfrenta a un triple reto: el conflicto que ya se alarga 35 años; el conflicto identitarios de estos treintañeros que están sobreformados y no encuentran nada que hacer en la hammada, además de convivir en una cultura totalmente diferente de la cubana -su socialización primaria-; la generación de adolescentes que han pasado muchos veranos en España y que, por supuesto, no quieren estudiar (ven a sus tíos o hermanos mayores) y solo quieren vivir como lo hacen en verano. Aquí está el relato. Las fotos son de Dani Cardona (www.danicardona.com)

Hay algo que no encaja. Hay un no se sabe qué que los hace diferentes del resto de saharauis de los campos de refugiados en Tindouf, en Argelia. Quizá es su forma de caminar, su saludo con abrazo, su manera directa de abordar al extranjero o su sonrisa acompañada de gestos. Entre los que solo hace unos meses que regresaron de Cuba, como Matala Sale, pedagogo, o Tfaluiha Omar, doctora en Economía, el contraste es aún más evidente. Matala no utiliza el elzem, el turbante con el que los saharauis se protegen del sol, a la vieja usanza. Se lo pone como lo llevan muchos de los cooperantes europeos que hay en los campos de refugiados: cubriéndose la cabeza, pero sin enroscárselo, sin ese ritual que les permite resguardarse del viento y del sol, que aquí, en los campos de refugiados, puede alcanzar los 50 grados centígrados.

A las mujeres como Tfaluiha aún se les nota más ese desajuste. Las ancianas del campo las aleccionan a cada paso, incluso sus sobrinas les dan órdenes: la melhfa, la túnica de una sola pieza que viven las mujeres, debe cubrir cuerpo y cabello y debe combinar con la ropa que se lleva abajo, no hay que tocar a los hombres que no sean de la familia, hay que rezar y claro que no hay que sonreír al extranjero ni, en pocas palabras, ser tan caribeñas, como aquí se les llama. Ellas y ellos son cubarahuis. Algunos nacieron en el Sahara Occidental, cuando Marruecos aún no lo había ocupado y era colonia española, y muchos otros, en los campos de refugiados de la hamada  argelina, un desierto de piedras seco y hosco, donde su pueblo se refugió huyendo de las bombas cuando Marruecos invadió el Sahara Occidental.

Hace 20 años, cuando ellos tenían entre 8 y 10 años, los mandaron a estudiar a Cuba. Ahora, ya adultos, regresan porque, aseguran, quieren “luchar junto a su pueblo para algún día poder regresar a su país”. “El primer objetivo era formarme para que cuando tengamos nuestro país lo podamos construir. Ya lo he conseguido. Regresé a los campos porque mi familia está aquí y también mi pueblo y nuestra lucha, pero es un cambio brusco”, reconoce Matala, 31 años, formado en  Cuba y, desde el 8 de enero de este año, de nuevo en los campos de refugiados. Vivió 21 años en Cuba: primero como estudiante y después como director de la escuela en la que estudian los saharauis en la isla. Durante esas dos décadas casi no tuvo contacto con sus familiares.

La distorsión entre ellos y este entorno enjuto y agrio es aún mayor cuando estás cerca. Bromean y hablan con acento cubano, gesticulan como cubanos y los escuchas constantemente decir que añoran una buena salsa o un merengue –aquí solo pueden bailar en las haimas, de puertas para adentro y ajenos a las miradas de los mayores–, siempre se mueven juntos y hasta piropean con acento caribeño. “Muchacha, si cocinas como caminas hasta el raspado me comería”, le grita Mohamed Brahim Sidi, de 28 años y licenciado en Educación Física por la Universidad de Santa Clara, a una muchacha en el campamento de Dajla. Ella lo mira de reojo; no ha entendido las palabras. Aquí se habla hassania, un dialecto del árabe, pero su caminar apresurado y jocoso confirma que el tono de un piropo es universal.

Por supuesto, la chica sigue su camino sin girarse y envuelta en una melhfa rosada. Esto es, al fin y al cabo, una sociedad musulmana, tradicional. Mohamed se ríe sabiendo que solo en Cuba le responderían. El piropo en la hamada también ha sonado distorsionado, ajeno a la realidad seca e inhóspita de este campo de 50.000 habitantes. El sol cae a plomo en Dajla, unas cabras pasean cerca de las haimas y el viento –hoy por suerte no sopla el maldito siroco, un viento abrasador que llega a raspar la piel y que provoca problemas de sordera entre los niños– se lo lleva hacia las dunas, hacia la nada.

TRADICIÓN Y MODERNIDAD. Los cubarahuis son 2.800 jóvenes saharauis que crecieron y estudiaron preparatoria, una licenciatura y hasta doctorados en Cuba. Desde 1978, la República Árabe Democrática Saharaui (RADS), el Gobierno saharaui en el exilio y reconocido por 80 países –aunque entre estos no están ni Estados Unidos ni ningún país europeo– firmó un acuerdo con el Gobierno cubano para que los niños saharauis de los campos se formaran en la Isla de la Juventud. Ahora ese acuerdo está casi en punto muerto y solo los chicos con muy buenas calificaciones y ya de 17 o 18 años salen de los campos de refugiados hacia Cuba, Argelia o Siria. Muchos adolescentes no quieren dejar los campos porque ven que cuando regresan no hay trabajo. Se les ve en los campos en grupitos, sin hacer nada; solo esperando.

Hace unos años los niños enviados a Cuba empezaron a regresar, ya adultos, a los campos y con ellos, también llegó forma de entender la vida, a veces contradictoria con la tradición saharaui, y un problema de empleo que la Ministra de Cultura, Hadiya Hamdi, confirma como uno de los restos más importantes de la RADS.  ¿Qué hacer con 2.800 jóvenes altamente preparados en unos campos de refugiados?

“Nada es fácil ni tampoco difícil”, dice un dicho saharaui y los cubarahuis parecen habérselo apropiado. Se buscan la vida en los campos. Se adaptan a los trabajos que hay y que su gente necesita, pero no por eso dejan de anhelar un país en el que poder ejercer sus profesiones. Algunos simplemente no aguantan la presión familiar y cultural, el sentimiento de fracaso y sueñan con irse a Europa o a Argelia. “A veces es difícil, pero este es nuestro pueblo, nuestra patria y lo más importante no es vivir tu vida, es tener algo en el futuro”, se limita a decir Mohamed y recuerda que aquí en los campos antes que individuo está el grupo. Quizá por eso han logrado sobrevivir 33 años. ¿Qué pasa con los adolescentes que no estudian? “Los dedos de una mano no son iguales y, en cambio, todos son dedos. Hay chicos que sí quieren estudiar y otros, no”, reflexiona y mira al horizonte, a la arena, a la nada.

En abril pasado, muchos cubarahuis desembarcaban en Dajla para ayudar a los 300 visitantes –en su mayoría españoles– que en esos días se alojaban en el campamento para celebrar la quinta edición del Festival Internacional del Cine del Sahara (FISAHARA). Entre ellos estaban Matala Sale, Mohamed Ibrahim, Tfaluiha Omar. El actor reclamo de esta edición del festival era Javier Bardem y la razón de un festival en medio del Sahara, recordar al mundo que el pueblo saharaui existe lleva 33 años subsistiendo en este desierto arisco que no es ni suyo y que les queda poca esperanza para seguir aguantando en estas condiciones.

BOMBARDEOS CON NAPALM. 33 años son una vida, un poquitín más de lo que han vivido Matala Sale y Tfaluiha y mucho más de lo que han vivido el 70% de los 250.000 saharauis que viven en los campos. Marruecos los echó literalmente de su país en 1975 y los bombardeó con napalm mientras huían a la frontera mauritana o argelina.

España, de la que el Sahara Occidental había sido protectorado desde 1884, se puede decir que puso en bandeja de plata la ocupación marroquí. El 16 de octubre de 1975, mientras el Gobierno español iniciaba conversaciones con el Frente Polisario para preparar la descolonización, Marruecos iniciaba una invasión pacífica y multitudinaria del Sahara Occidental, la llamada Marcha Verde, que duró tres días  y con la que consiguió echar  a los españoles y ocupó la colonia. Al poco de esa Marcha Verde, el ejército marroquí ocupaba el Sahara Occidental aterrorizando a la población civil y empezando una política de persecución y tortura contra los saharauis. Paradójicamente, España declaraba que cumpliría con el referéndum que la ONU exigía desde 1966. Un mes después, en noviembre de 1975 mientras Franco agonizaba, España repartía el Sahara Occidental entre Marruecos y Mauritania y no atendía las demandas de la ONU y pasaba por alto sus antiguas promesas. Mauritania se retiraría del Sahara Occidental en 1979, el mismo año que Marruecos pedía a España y a Francia que declararan la no existencia del Sahara Occidental.

En solo un año, unos 300.000 marroquís habían ocupado el Sahara Occidental. Estaba claro cuál iba a ser el resultado del referéndum y empezaba así el problema del censo saharaui que ha durado hasta este año.

Hace 33 años solo Argelia cedió un pedazo de desierto –la hamada– en el que pudieran establecerse temporalmente. Claro que la hamada no es ni siquiera un desierto. “El infierno”, lo calificó Javier Bardem durante los días que estuvo en Dajla. El actor tenía razón. Este es uno de los lugares más inhóspitos del mundo. En 1976, el Frente Polisario –creado en 1973 para combatir a los españoles– fue el organismo político y militar encargado de organizar los campamentos de refugiados e impedir que el enemigo avanzara. Los hombres se fueron al frente para luchar y las mujeres organizaron los campos en los que ahora viven ahora.

Al principio, se levantaron cuatro –El Aaiún, la capital, Ausserd, Smara y Dajla—que llevaban los nombres de las principales ciudades del Sahara Occidental. Los campos se construyeron alejados los unos de los otros para no concentrar a la población en un único punto y así dificultar los posibles bombardeos marroquís. Se levantaron casas de adobe, haimas –tiendas tapizadas por alfombras y que delatan el carácter nómada de este pueblo–, se cavaron pozos. Más tarde, se construirían hospitales, escuelas, casas de la mujer y hasta huertos; además de nuevos núcleos de población como Rabouni, donde se concentra la Administración, y el campamento 27 de Octubre.

Aunque parezca inverosímil por el tiempo que hace que viven en ellos, en los campos todo, absolutamente todo, es provisional. Los ministerios de la RASD están en contenedores de barco, haimas se desmontan fácilmente. “Estamos preparados para gestionar el regreso eso será lo más fácil”, explica Abdelkader Taleb Omar, el primer ministro saharaui en Dajla.

Explica la pensadora alemana Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo que convertir un pueblo en apátrida es conducirlo al exterminio. Pierden su identidad, pierden su sentido de existencia. Los saharauis se convirtieron en apátridas hace 33 años, pero se organizaron para no perder su identidad.

Durante los días del festival, en cada rincón de Dajla hay un bandera y los discursos patrióticos del Frente Polisario y de cualquier saharaui al que se le pregunte demuestran que esos 33 años han minado la esperanza, pero no el sentimiento de pertenencia a un pueblo. El regreso de los cubarahuis es una muestra de ello.

LA PROMESA INCUMPLIDA. No se entiende cómo se ha volcado el pueblo español en los campos de refugiados saharauis si no se recuerda que muchos españoles vivieron con vergüenza la Marcha Verde marroquí sobre el Sahara. Los niños saharauis viajan en verano a España en los llamados Campamentos de Paz. En cada esquina de Dajla hay una placa que explica que Catalunya, Asturias, Baleares, Andalucía…han donado tal infraestructura o que mantienen un taller o que financia un curso para que las mujeres aprendan a cultivar. Constantemente hay médicos, ingenieros agrónomos, arquitectos que pasan temporadas en los campos ayudando o enseñando a los saharauis.

Es que la historia de España con el Sahara Occidental es la de una falsa promesa o, peor aún, la de una promesa incumplida. Muchos españoles hablan directamente de “vergüenza”. Desde 1956, cuando se creó el Ejército de Liberación Nacional Saharaui para luchar contra la presencia de España en el Sahara Occidental, las ansias independentistas del Sahara Occidental fueron reprimidas por las tropas de Franco. El conflicto se recrudeció en 1962, cuando una empresa filial del Insituto Nacional de Industria  (INI) empezó la explotación de fosfatos. En 1965, la ONU pidió al Estado español que iniciara el proceso de descolonización. No hubo respuesta y se recrudecieron los enfrentamientos entre el Ejército de Liberación Nacional saharaui y las tropas españolas.

En 1974, el rey de Marruecos justificó públicamente una posible invasión del Sahara Occidental argumentando ciertos vínculos entre los sultanes marroquís y las tribus nómadas. Un hecho quizá fue determinante para esta vinculación hasta ese momento inaudita. El Banco Mundial acababa de publicar unos datos que convertían al Sahara Occidental en la región más rica del Magreb por los fosfatos y el banco pesquero.  En 1975, el año en que murió el dictador español, la postura de Marruecos era muy clara. El rey Hasan II declaraba que recobraría el Sahara Occidental a pesar de lo que dijera el Tribunal Internacional de Justicia. España extraía en ese tiempo entre dos y tres millones de toneladas de fosfatos y Marruecos, hasta ese momento el tercer exportador mundial, veía como disminuían sus exportaciones. A ese informe del Banco Mundial, le seguiría la Marcha Verde.

En febrero de 1976, ya en el exilio, se proclamaba la República Árabe Democrática Saharaui (RADS). De eso ya hace 32 años y el Gobierno español todavía ahora no reconoce la legitimidad de la RADS ni a los diplomáticos saharauis en España. Hasta hace cinco meses la ONU seguía pidiendo un referéndum de autodeterminación mientras España sigue haciendo oídos sordos y Marruecos abandonaba cualquier negociación con el Frente Polisario. Desde 1976 hasta 1991, año en que se firmó una tregua, los saharauis recuperaron algunos territorios, pero Marruecos sigue invirtiendo grandes cantidades de dinero en el berm –un muro de contención de tierra, piedra y arena, reforzado con minas antipersona y antitanque, trincheras y radares–, que se extiende 2.500 kilómetros desde la frontera mauritana hasta la zona sureste de Marruecos y protege a las guarniciones marroquíes, que evitan que los refugiados vuelvan a su patria.

ALTO EL FUEGO. En 1991, el Frente Polisario firmaba un alto el fuego y se estableció un Plan de Paz para, por fin, hacer el reclamado referéndum. Claro que nunca se celebró, nunca se ha celebrado. Y ahora las esperanzas se están acabando. El pasado 23 de abril, el enviado especial de la ONU para el Sáhara Occidental, Peter Van Walsum, aseguraba que la independencia de la excolonia española no es una “meta alcanzable” y proponía cambiar el enfoque de las actuales negociaciones sobre la soberanía del territorio. Otro espejismo en el desierto.

El 20 de abril, el presidente de la República Árabe Saharaui Democrática y jefe del Frente Polisario, Mohamed Abdelaziz, ajeno aún al diagnóstico que Walsum haría unos días después, se declaraba preparado para regresar a las armas si no se daba una solución al conflicto. Lo hacía frente a unos 30 corresponsales extranjeros, en una haima y poco antes de clausurar el Festival de Cine del Sahara: “Nuestro pueblo está firmemente dispuesto a volver a coger las armas y, si nos vemos obligados, estaríamos en condiciones de hacerlo. No tenemos ni una fecha ni un mes definido y damos prioridad a la solución pacífica, a la celebración de un referendo”. Muchos saharauis lo escuchaban y asentían. Los periodistas apuntaban lo que han oído y escrito durante 15 años y que parece tener un final claro. Mohamed, el cubarahui que unos días antes había lanzado el piropo al viento, murmuraba: “Aún no se ha inventado el arma que pueda vencer al hombre”. Matala, el pedagogo, asentía  su lado.

Hace 33 años la peor maldición que un saharaui podía lanzar contra una persona era: “Que Alá te envíe a la hamada”. Ellos llevan ahí más de tres décadas. En los campos se vive una situación límite. Jóvenes, ancianos, mujeres, hombres hablan de desilusión y desesperanza. Muchos también apuntan a la necesidad de la guerra y otros callan horrorizados ante esa posibilidad. Aquí quien no es hijo de un muerto en la gerra, es sobrino de un mutilado, o viuda o huérfano, o madre. A esta desesperanza se suman los problemas de salud provocados por 33 años de exilio en un desierto de piedra.

Estudios del Alto Comisariado para los Refugiados de las Naciones Unidas (ACNUR) demuestran que los problemas de desnutrición ya afectan a varias generaciones de saharauis.  El 46% de los niños tienen poco peso debido a deficiencias nutricionales y el 71% de los menores de 5 años tienen anemia entre grave y moderada. Además de los efectos de la malnutrición, un gran número de niños son sordos o tienen problemas auditivos como resultado del viento, la arena, los frecuentes ataques de otitis no tratada y las enfermedades de la infancia, como la meningitis. Eso no es todo: el ACNUR  reconoce que desde hace 22 años el agua que consumen los saharauis es de muy baja calidad  y está contaminada con materia fecal. Los saharauis, conscientes de ello, siempre sirven agua embotellada a los extranjeros mientras ellos beben un agua turbia.  Para casi todo, dependen de los organismos internacionales y de lo que les va llegando desde las asociaciones de Amigos del Pueblo Saharaui repartidas en todo el mundo.

En los campos existe un racionamiento estricto y organizado. Por persona y mes corresponde medio kilo de harina, medio litro de aceite, un kilo de azúcar, un kilo de arroz y medio kilo de lentejas. A veces, también llegan alubias, garbanzos y algunas latas. Aun así, la Cruz Roja ha advertido que la ayuda humanitaria facilitada por los organismos internacionales es insuficiente y deficitaria, es decir, llega con retrasos y eso hace que la dieta no sea equilibrada y variada.

LA ESPERANZA DEL GRUPO. El Festival Internacional de Cine del Sahara, convierte a Dajla, casi siempre en silencio,  en un hervidero de gente, de coches todoterreno –con la correspondiente placa que acredita quién ha hecho la donación— que van y vienen y traen agua embotellada, más provisiones, más invitados. El trajín de coches hace que por primera vez en muchos meses las nubes de arena tapen las estrellas. En casi cada haima se alojan extranjeros. Y eso significa traer más comida, conseguir más agua potable, levantar haimas para montar un mercadillo de artesanía, colocar banderas saharauis y prepararlo todo para recibir a los extranjeros y a los saharauis que llegan de todos los campos. La hospitalidad es una regla entre los saharauis y, a pesar de la provisionalidad del campo, esta no debe faltar nunca. Durante los cuatro días de festival, de día, se hacen talleres de cine, de cortometraje y, por la noche, se proyectan películas y documentales. De día, las escuelas están llenas de talleristas, de niños descalzos que van pidiendo a cada rato un caramelo, un lápiz, una pluma, un beso.

El Grupo de Jóvenes Esperanza, formado por unos 30 jóvenes que estudiaron en Cuba, llega en pleno a Dajla. Matala Sale, Mohamed Brahim Sidi, Tfauluiha Omar y Salek Omar trabajan como guías y traductores de los españoles que van y vienen por las escuelas, la Casa de la Mujer, la pizzería, que un italiano levantó y ahora llevan un grupo de jóvenes mujeres, el huerto experimental, el hospital, por supuesto, en manos de dos doctores, Abba Ali Mauulud y Brahim Mohamed Salem, egresados en Cuba. El Grupo de Jóvenes Esperanza nació este año intentando dar salida a la gran cantidad de cubarahuis que deambulaban con un título universitario en el bolsillo, pero sin posibilidad de hacer nada en los campos.

El jueves, tres días antes de que acabe el festival, llegan más actores y también el cantante Manu Chao, casi un desconocido entre las gentes del campo, pero que cantará con Estrella Polisaria, el grupo que levanta pasiones en los campos y que, por supuesto, habla en sus canciones de la tierra añorada, de la lucha, la batalla, los mártires.

Salek Omar, informático especialista en cibernética, ejerce de director del Grupo Esperanza. Para él, el panorama es claro. “La idea principal es que cualquier joven que tenga conocimientos pueda reinsertarse en la sociedad enseñando o haciendo algo que sea beneficioso para nuestro pueblo. La mayoría estudiamos en Cuba”.

El Grupo Esperanza tiene una disciplina casi militar. Están entrenados para resolver cualquier tipo de inconveniente o problema y lo hacen de tal manera que parece pura hospitalidad saharaui. Las necesidades del pueblo, de su pueblo, están por encima de sus aspiraciones y aquí todos, o casi todos, se adaptan. A los que no se adaptan, nadie les reprocha nada. “Es duro regresar”, reconocen todos.

El 13 marzo del 2007, Matala Sale, el hombre que usa el elzem como los cooperantes y no a la vieja usanza, tomó la decisión de regresar a los campos, junto a su gente. “Si mis parientes retan al siroco y viven aquí, yo también tengo que hacerlo hasta que mi país sea libre. Cuba queda en una cajita de recuerdos. La verdad es que yo estoy dispuesto a empuñar las armas. Todo en la vida tiene unos límites y este problema no se resuelve porque no hay un interés político. Preferimos una solución pacífica”, explica. Matala está en Dajla ayudando como todos, haciendo lo que se le pide. Mientras habla, el viento mueve el elzem y la arena se le cuela. Eso es lo primero que no encaja entre él y el resto de Dajla.

Jóvenes como Matala o Mohamed Brahim pueden ejercer, en parte, el oficio que estudiaron en el Caribe. En los campos, se necesitan maestros, entrenadores y, por supuesto, médicos. En el hospital de Dajla, trabajan Brahim Mohamed Salem y Abba Ali Mauulud. El hospital es un pequeño edificio azul y blanco con material suficiente para operaciones de urgencia, tratamientos para diabetes, hepatitis B o problemas de vista causados por la arena.

Los dos doctores rozan los 30 años y los dos estudiaron en Cuba. ¿Es difícil regresar? “Aquí hay menos libertad y no nos podemos expresar como en Cuba, pero estamos obligados a adaptarnos. Cuba fue una etapa en la vida de uno. Nuestro futuro es nuestra tierra y hay que seguir luchando”, dice Brahim mientras juega con un puñado de arena. Brahim nació en Dajla y ha regresado a su campamento, con su familia. “Extraño mucho Cuba. Es el país donde viví la mayor parte de mi juventud, pero el futuro es nuestra tierra. Hay un sentimiento que compartimos todos y es el de no dejar que se olviden nuestras raíces. Nuestro futuro es nuestra tierra”, repite Abba a su lado.

Los dos intentan rehacer su vida en el campo y son conscientes que tienen suerte: como mínimo pueden trabajar de aquello para lo que estudiaron. Brahim explica que el año pasado viajó a Tifariti, uno de los territorios recuperados por los saharauis, y se le ilumina el rostro. “Me traje unas piedrecitas. Cada mañana les deba besitos. Ese es nuestro país. Ahí hay ríos, verde, montañas, desierto, mar”, explica. “¿En serio?”, pregunta Abba sin saber si pregunta por el paisaje o por las piedrecitas. Los dos se ríen.

Enfrente solo tienen la arena, las piedras de Dajla y es fácil, muy fácil olvidar el verde de las montañas de los campos, el azul del mar o algo más que ese marrón  rojizo que lo cubre todo. Suelo, casas, cuerpo. Brahim deja de mirar al horizonte: “Esta no es nuestra tierra, pero también la llevamos un poco en el corazón”, dice y recoge un plástico de los miles que vuelan por el campo. Es difícil cuidar algo que nadie siente totalmente suyo. Abba y Brahim se levantan, la familia de Brahim acoge a unas españolas y, dicen, hay que atenderlas.

La doctora en Economía, Tfaluiha Omar, es la viva imagen de una cubana envuelta en una melfha. Gesticula y se le ven los hombros, es gritona, saluda con besos hasta a los hombres y con una mueca de horror dice que aquí no hacen falta economistas. “La economía exige un contacto directo con la realidad y qué realidad es esta. Aquí te sientes limitado”, dice sin recato. Acto seguido recuerda que, aun así, ella es antes que nada saharaui: “Nosotros los cubanos bromeamos mucho, pero por más que hayamos vivido allá somos saharauis. Nunca he dejado de pensar en mi familia, pero Cuba casi también es mi patria y casi te podría contar más cosas de allá que de acá. Tengo hermanos que nacieron después de que me fuera. Me está costando adaptarme”.

Para Tfaluiha el cambio cultural ha sido muy brusco. No se acostumbra a todas las reglas sociales y culturales que le exigen como mujer y como saharaui. Ser mujer saharaui no es fácil. Ellas fueron las que montaron los campamentos, las que durante años gobernaron y dictaron las normas, las que trabajaron mano a mano para que los campos tuvieran una estructura, las que excavaron los pozos y, sobre todo, las que hicieron que su pueblo no perdiera la identidad. Ahora, cuando los hombres han regresado del frente, siguen luchando para no perder el espacio que tanto les costó conseguir. Tfaluiha es consciente de todo esto, pero el regreso ha supuesto cortar por todo aquello por lo que luchó y soñó durante la mayor parte de su vida. Ser doctora en Economía aquí le sirve de poco, más bien de nada. A Dajla, llegó con el Grupo Esperanza, y hace de guía a unas españolas que dan un taller a unos niños. Durante esta entrevista se sienta en el suelo, pero no sabe qué hacer con la melfha, lo intenta pero se le abre todo el tiempo y enseña las piernas. Cuando se acaban las preguntas, se levanta rápidamente: debe seguir atendiendo a los invitados, camina y, con las prisas, se le asoman los hombros.

“NI HUÉRFANOS NI VIUDAS”. El festival ha dividido claramente el centro de Dajla y los alrededores. En el centro, junto a un pequeño oasis de palmeras, todo son prisas y gente. Afuera todo es silencio. Ajena al ajetreo del festival, Fatima Sidahmek Embarek va de su haima a su escuela. Ella pasó por todas las contradicciones que vive Tfaluiha en 1997. Había vivido 19 años en Cuba y  regresó tras acabar los estudios de Educación especial. Estudió la carrera por imposición de la RASD. Ella quería ser médico, pero en los campos se necesitaban profesores. “Estudié educación especial porque se necesitaban maestras en el campo. Yo quería estudiar medicina, pero me encanta”, aclara.

Fatima vive sola, no quiere casarse y se ha convertido en una de las personas más conocidas de Dajla. Cuando llegó era una joven maestra que quería abrir un centro de educación especial. Las familias no le hicieron caso: tener un niño con síndrome de down, con autismo, con sordera o con parálisis cerebral era una lacra para muchas familias. ¿Qué pasaría con ellos si los bombardeaban?

Fatima recorrió haima por haima y en siete años ha logrado montar una escuela en la que estudian 41 niños con diferentes patologías, desde autismo hasta sordera. Dice que tuvo suerte y se lamenta por la situación de jóvenes como Tfaluiha. Fatima es consciente de que puede trabajar de aquello que estudió. “Los jóvenes sienten desinterés. Se preguntan por qué tienen que estudiar si aquí no hay nada que hacer. Esta situación tiene que cambiar”, dice desilusionada. ¿La solución? “No queremos ni más huérfanos ni más viudas. Con la guerra no ganaremos nada, pero los jóvenes quieren la guerra y todos queremos acabar con esta situación”. La escuela lleva el nombre de un mártir saharaui Fatimatu Abad y, dice Fatima, ahora las familias son las que acuden con sus hijos. Ha costado casi 10 años de esfuerzo..

El último día del FISAHARA, Dajla amanece preparado para un desfile, más bien una manifestación o toda una declaración de intenciones. Todas las escuelas, los ancianos, los excombatientes, los artesanos, las mujeres se preparaban para desplegarse frente a los invitados. En una pequeña tribuna, están los ministros y los actores invitados, entre ellos Javier Bardem. Lo raro es que justo detrás de la primera fila estamos todos: saharauis, cubarahuis, extranjeros.  Fatima se quejaba en la mañana de que nadie le había dicho nada del desfile y que al año siguiente, si aún están en el campo, los niños de Fatimatu Abad participarían como el resto de las escuelas.

La marcha es una demostración de que los saharauis están unidos y que están dispuestos a empuñar las armas. Entre los participantes hay excombatientes contra las tropas franquistas, contra los marroquís; muchos con cicatrices, con marcas de guerra. Los jóvenes saharauis, entre el público, no se cansan de gritar: “Fuera Marruecos”.  Tras el desfile, una carrera de camellos.

Escribo este reportaje desde Barcelona mientras en Tifariti, el territorio recuperado por los saharauis, se celebra el 35 aniversario de la creación del Frente Polisario. Un mail llega a mi buzón. Es de Mohamed Brahim Sidi, el entrenador, el cubarahui del piropo. Escribe para agradecer la visita a su pueblo. En Rabouni, donde vive con otros cubarahuis, hay internet. El mail va acompañado de un poema que es una extraña mezcla de la hospitalidad saharaui y de la cubana. En el mail se lee: “La vida es un reto, afróntalo. La vida es un deber, cúmplelo. La vida es un combate, acéptalo. La vida es vida, defiéndela”.

En Dajla nos habíamos despedido con un té en la haima. El té saharaui a tres tiempos y que se puede alargar horas y horas mientras afuera el sol es abrasador y a la haima acude el vecino, el amigo, el pariente. El primer vasito de té es amargo, como la vida. El segundo, dulce como el amor. El tercero, suave como la muerte.

Unas horas antes de ese último té, el primer ministro saharaui, Abdelkader Taleb Omar, también delante de un té, confirmaba en Dajla que todo estaba preparado para el referendo. “El censo ya está preparado. Hay 83.000 personas censadas”. ¿Será fácil el regreso? Risas. “La gestión del regreso será muy fácil. Estamos preparados y peor es habrá sido sobrevivir aquí”, decía mientras se tomaba el tercero de los tres tés: suave como la muerte.  Faltaban unos días para que el enviado especial de la ONU para el Sáhara Occidental, Peter Van Walsum, asegurara que la independencia de la excolonia española no es una “meta alcanzable”. Un cubarahui seguro le diría: “Nada es fácil ni tampoco difícil”.

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