Cubarahuis, los cubanos del Sáhara

Catalina Gayà. Dajla. Los refugiados saharauis llevan 35 años en el desierto argelino. Marruecos ocupó su país, el Sahara Occidental, en 1975 y, desde entonces, sobreviven en condiciones extremas y gracias a la ayuda internacional. En más de tres décadas, en los campos ha vivido muchos cambios y ahora se enfrentan a un nuevo reto: dar una salida a 2.800 jóvenes que se formaron en Cuba y que en los campos no encuentran nada que hacer. Son los cubanos del Sahara, los cubarahuis. En abril del 2008, cuando fui al Sahara, muchos cubarahuis acudieron a Dajla, el campo más alejado de todos, para ayudar a los extranjeros que participaban en la quinta edición del Festival Internacional de Cine del Sahara (FISAHARA). El actor reclamo: Javier Bardem. La causa: explicar al mundo que los saharauis existen y que están dispuestos a volver a empuñar las armas. Este es el relato que escribí en esos días. Trabajé junto a Dani Cardona y entendí que ese pueblo se enfrenta a un triple reto: el conflicto que ya se alarga 35 años; el conflicto identitarios de estos treintañeros que están sobreformados y no encuentran nada que hacer en la hammada, además de convivir en una cultura totalmente diferente de la cubana -su socialización primaria-; la generación de adolescentes que han pasado muchos veranos en España y que, por supuesto, no quieren estudiar (ven a sus tíos o hermanos mayores) y solo quieren vivir como lo hacen en verano. Aquí está el relato. Las fotos son de Dani Cardona (www.danicardona.com)

Hay algo que no encaja. Hay un no se sabe qué que los hace diferentes del resto de saharauis de los campos de refugiados en Tindouf, en Argelia. Quizá es su forma de caminar, su saludo con abrazo, su manera directa de abordar al extranjero o su sonrisa acompañada de gestos. Entre los que solo hace unos meses que regresaron de Cuba, como Matala Sale, pedagogo, o Tfaluiha Omar, doctora en Economía, el contraste es aún más evidente. Matala no utiliza el elzem, el turbante con el que los saharauis se protegen del sol, a la vieja usanza. Se lo pone como lo llevan muchos de los cooperantes europeos que hay en los campos de refugiados: cubriéndose la cabeza, pero sin enroscárselo, sin ese ritual que les permite resguardarse del viento y del sol, que aquí, en los campos de refugiados, puede alcanzar los 50 grados centígrados.
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