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Foto d'Italo Rondinella

La Asociación de Aviadores Republicanos acoge a los pilotos que lucharon durante la Guerra Civil. Tienen más de 90 años y su batalla es ahora reivindicar la memoria de los 700 hombres que surcaron los cielos entre 1936 y 1939. Pelearon por una España libre y por un Gobierno constitucional.

Catalina Gayà. El teléfono no descansa y aquí todos están tan atareados que nadie descuelga. Están Jorge Moreno y Eduardo Díez, tutores de un documental que narra la historia de la Asociación de Aviadores Republicanos (ADAR). Está la viuda de un piloto de La Gloriosa, que así bautizaron los madrileños a la Aviación de la Segunda República cuando los aviones aparecieron en el cielo de Madrid y alumbraron la esperanza de que la ciudad no caería. Cayó. Incluso está la chica del Almazen, el teatro barcelonés que hay enfrente de la asociación, porque es ahí donde se presentará el documental. Además, aparecen dos urbanos que entran en el edificio con la orden de poner una multa por aparcar un coche en una calle peatonal, la de Guifré, y que salen admirando la vida de estos ancianos que, entre 1936 y 1939, lucharon por defender un Gobierno constitucional. «Pongan una tarjeta de la asociación en el cristal del coche y así no se lo llevará la grúa. Gracias por lo que hicieron», concluye uno de ellos.


El piloto Simón Fiestas los despide en la puerta y, por fin, se apiada del que está al otro lado del teléfono. Levanta el auricular, no oye bien lo que le explican y lo pasa a quien escribe estas líneas. Es una mujer que llama para informar de que su padre, mecánico de la aviación republicana, acaba de fallecer. Simón Fiestas, de 91 años, y Antoni Vilella, de 93 y también mecánico de la aviación republicana, reciben la noticia como un suceso cotidiano. Se va otro, uno más, de los compañeros.

De los 700 militares profesionales que formaban parte de la aviación republicana quedan unos 10 en toda España. El 26 de diciembre falleció José María Bravo, el piloto de los cazas. Todos ellos lucharon hace 75 años en el mismo bando. Ahora los que quedan superan los 90 años.

Saben que cuando el teléfono suena a veces avisa de otra muerte. Es esa conciencia de que el tiempo se va lo que hace que estos ancianos vivan apresurados. Muchos compañeros fallecieron entre 1936 y 1939. Quien llega al 2010 se sabe afortunado y tiene la obligación de seguir contando lo que vivieron todos. «Hay que explicar lo que pasó para que no se repita la historia y eso, querida, es lo más complicado», dice Vilella, presidente de la asociación y primer mecánico que llega a este grado: «Todos formamos parte de la aviación».

Cada martes y cada jueves por la tarde llegan caminando a la calle de Guifré. Frente al número 8, se detienen y levantan una persiana con un avión (quizá un Moska). Desde ADAR se dedican a «recuperar y a divulgar la memoria» con el mismo entusiasmo que los arrastró a surcar los cielos de esa España que se quebraba. Lucharon; los proclamaron vencidos; fueron sometidos a consejos de guerra; algunos consiguieron exiliarse a África o a América; otros fueron condenados a muerte, y los que se quedaron en España vivieron durante 40 años como «traidores a la patria». Sentado bajo una peana de trofeos, Vilella exclama: «Al final, ganamos la guerra. Vivimos en una España democrática». Fiestas se enfada: «Nos hicieron juicios sumarísimos por adhesión a la rebelión. Fueron ellos los que se rebelaron».

Si una persona vive 40 años en el ostracismo, si tiene que morderse la lengua, si tiene que emparedar en el corazón todo aquello en lo que cree, cuando explota no hay quien lo detenga. Fiestas y Vilella explotaron cuando murió el dictador. En 90 años han tenido que aprender a vivir con tres personalidades: entre 1936 y 1939 lucharon con el ímpetu de los jóvenes. Entre 1939 y 1972 callaron. Cuando murió Franco, empezaron una nueva batalla: la de reivindicar su memoria.

Hace 75 años, Vilella pasó de ser estudiante de ingeniería industrial a oficial mecánico de la tercera escuadrilla del Grupo 26 de Chatos. Al acabar la guerra, estuvo en campos de concentración; luego fue juzgado y, finalmente, volvió a Barcelona. Tuvo que coger el relevo de su padre y trabajar como trapero. Tenía prohibido acercarse a un avión. En 1984, cuando el Gobierno reconoció su participación en la guerra, obtuvo el grado de sargento. Ahora, cuando puede, pilota. Simón Fiestas se alistó primero en el regimiento de esquiadores y en 1937, en aviación. En abril de 1938, tras un cursillo en Murcia –«yo no era comunista, así que no fui a Moscú»–, se unió a la segunda escuadrilla del grupo 26 de Polikarpov 1-15. Entonces se convirtió en leyenda.

Gran mentira
Cuentan que derribó un avión Heinkel de la Legión Cóndor y que fue de los que entendió la lógica de sus adversarios: italianos y alemanes tenían su campo de prueba en España y eso hacía que se retiraran cuando la cosa se ponía cruda. Volaban alto, se tiraban en picado y si lo veían mal, se largaban. Fiestas sobrevivió a muchos y el 28 de marzo de 1939 entregó, junto con otros nueve pilotos, su avión en Madrid. Entonces, lamentó no haber huido a África porque supo que la «paz honrosa» de la que hablaba Franco era una «gran mentira». A Fiestas lo juzgaron, lo condenaron a 20 años de cárcel y lo desterraron de Terrassa, su ciudad.

La ADAR se legalizó en 1978 y, al principio, tenía como misión que se reconociera la graduación militar de los aviadores de la Segunda República. Vilella, presidente de la asociación, es sargento, y Fiestas, coronel. Con los años, la asociación se ha convertido en el motor de la memoria de las alas republicanas.

Las paredes del local están llenas de imágenes de aviones y de fotos de aviadores en blanco y negro. «Somos un centenar de socios, cada año perdemos algunos», lamenta Vilella. «De esta foto solo quedo yo», señala Fiestas. En la imagen, unos jóvenes pilotos posan apoyados en un avión. Fiestas parece el más joven. «A este lo mataron justo después de hacerse la foto», dice, y la deja entre muchas otras.

Desde este local se edita Ícaro, una revista en la que estos hombres cuentan su historia. Lo hacen con poemas, con dedicatorias, con palabras de añoranza. En ADAR también se coordinan los homenajes a aviadores muertos y se escribe, dice Fiestas, «la historia de nuestro bando». En las pasadas fiestas de la Mercè, la ADAR participó en la Festa al Cel.

«Fue la primera vez que estuvimos en un acto tan importante», dice Vilella, emocionado. De hecho, el trajín que se vive en la asociación es un reflejo de que, aunque tarde, ahora mucha gente se fija en ellos. «La asociación es un archivo histórico con la diferencia de que ellos son historia que vive», dice Antoni Valldeperes, vicepresidente de la asociación.

Entusiasta
Dos historiadores, David Iñiguez y David Gesalí, han hecho un trabajo de recopilación de la historia de la aviación republicana. De momento, se ha puesto en marcha el Centre d’Interpretació de l’Aviació Republicana i la Guerra Aèria en Santa Margarida i els Monjos. También funcionará un memorial en el Camp de l’Aviació de La Sénia.

Son las seis de la tarde y la ADAR cierra la persiana. Ahora es un local más del Raval. Fiestas cogerá el tren a Terrassa y Vilella irá a recoger a su «señora». Ya fuera de la asociación, Vilella abre su casa a ojos ajenos.
Ahora ya puede hacerlo; puede hablar y decir lo que piensa. Su hogar es otro memorial: más fotos de aviadores, medallas, piezas de aviones.

Varios óleos recuerdan las batallas. Vilella los muestra emocionado. «Bertrand Russell dijo que el entusiasmo es fuente de sabiduría y bienestar», exclama. Lo dice un aviador republicano con lágrimas en los ojos. Su cuerpo es el de un bisabuelo, casi tatarabuelo, pero aún cree que ser idealista y entusiasta es la única forma de vivir. Se sienta y empieza a narrar la historia de la aviación republicana; su propia historia.

(Texto original publicado en el 21 de febrero del 2010 en el Cuaderno del Domingo de El Periódico de Catalunya)
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