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Cambiar bancos por sillas para que los indigentes no duerman ahí; sustituir escalones por rampas para que la gente no se siente, y cerrar calles con verjas para eliminar posibles conflictos. El llamado ‘urbanismo preventivo’ invita al debate

 Por Catalina Gayà

A mediados de septiembre, el Ayuntamiento de Badalona (PP) eliminó unos bancos y una fuente de una plaza en el barrio de La Salut por las quejas de los vecinos. Era el vecindario el que había pedido que se instalaran esos bancos. Pero ahora exigían que los quitaran porque en esos bancos se reunían y dormían un grupo de indigentes. El mismo septiembre, en Salt (CiU), las fuentes del centro dejaban de manar para evitar, según el Consistorio, la expansión del mosquito tigre. Al cerrar el grifo, también se acababan las colas de los vecinos que acudían a buscar agua. Por esas mismas fechas, en L’Hospitalet (PSC) se sustituían bancos por sillas como había ocurrido en la plaza Reial o en la de Urquinaona de Barcelona.

 «Quitar los bancos es una forma salvaje y autoritaria de atacar un problema salvaje. Hay que buscar una solución humana, que evite que la gente se comporte de una manera incívica, pero que proteja a las personas que quieran comportarse de manera cívica»

(Federico Correa. Estudio Correa & Milà)


Hace dos semanas, en Poblenou, se quitaron los bancos de la plaza de Sant Bernat Calbó. El distrito argumentaba que eran los vecinos los que lo habían pedido, aunque otros residentes cuya voz ha aparecido en la prensa cuestionaban dicha medida. El martes pasado ya se habían colocado sillas individuales donde antes había bancos. Antoni Vives, teniente de alcalde de Urbanismo del Ayuntamiento de Barcelona, calificó la acción de «puntual» y matizó que «esa actuación estaba en las antípodas» del tipo de urbanismo que llevará a cabo durante su mandato: «Nosotros hacemos un urbanismo en favor de las personas y no un urbanismo preventivo».

Todas estas acciones han abierto un debate sobre si el urbanismo preventivo –que ha convertido los bancos en enemigo de los ayuntamientos del mundo– es la solución a los problemas de las urbes del siglo XXI, o si poner una reja, quitar un banco o instalar una rampa responde a un intento de «mercantilizar» la calle, como explica el politólogo Joan Subirats, y de desplazar del espacio público a indigentes, prostitutas, ancianos y jóvenes.
«Quitar bancos responde a la lógica de ‘muerto el perro, muerta la rabia’. Pero no parece una solución. Citando a Zygmunt Bauman, podemos entender que el espacio público (el ágora) tiende a restringirse o a limitar su acceso (ecclesia), mercantilizándose en muchos casos. Sin duda, la delegación desde los poderes públicos hacia el ámbito mercantil facilita un control más interesado de la gestión de ese espacio». O sea, hoy día es más fácil brindar la gestión de la calle a las empresas privadas que afrontar los conflictos que se generan en ella.

En este reportaje, la Rambla del Raval es el escenario de dos entrevistas. En esta vía hay bancos-sillas. Alguien instaló reposabrazos y eliminó así el sentido colectivo que implica la definición de banco. Es imposible que un indigente duerma ahí, pero también es utópico que dos personas hablen cara a cara y sentadas. Para ello, hay que ir a un bar.

Agua y cortado: 2,50€. Jordi Bonet, presidente de la Federació de Associacions de Veïns i Veïnes de Barcelona, llega en bicicleta al gato de Botero y señala una cafetería como posible lugar de la entrevista. Ya sentados, ante un agua y un cortado (2,50 euros), Bonet se queja de que «hay una instrumentalización» de la voz del vecino. «Se selecciona el tipo de protesta y eso es perverso. Los vecinos se quejan de los cierres de los centros sanitarios y no se hace nada. El urbanismo preventivo es represivo. Selecciona el tipo de público que se quiere en el espacio público y, curiosamente, se elimina el colectivo que no entra dentro de la norma de un determinado parámetro social; es decir, los grupos más desfavorecidos: ancianos, pobres, inmigrantes, indigentes o jóvenes. Con las fuentes, no solo se ha penalizado su propio uso, sino que se ha puesto como un modelo a seguir. Ahora hasta está mal visto que los niños se refresquen». A unas calles de la Rambla del Raval, en la esquina de Peu de la Creu con Riera Alta, hay una fuente. El lunes, una anciana llenaba ahí botellas de agua. «Con mi pensión no puedo comprarla», explicaba entre enfadada y avergonzada. Entre los años 80 y 90, las fuentes eran punto de reunión para los heroinómanos del barrio y, por eso, eliminaron muchas. La de esa esquina se salvó.

Dos cafés: 2,30€. En Barcelona, en el 2006, se produjo un cambio que redefinió el uso que los vecinos hacen de su ciudad. Ese año se aprobó la ordenanza cívica y con ella se acuñó lo que hoy día ya se conoce ordinariamente como urbanismo preventivo. El antropólogo Manuel Delgado explica que dicha ordenanza «convirtió a los ciudadanos en los verdaderos guardianes de una ciudad en la que solo cabe la clase media. Se pretende eliminar la pobreza, el conflicto e incluso la espontaneidad para hacer más atractiva la oferta inmobiliaria».

La cita con la arquitecta Beth Galí es en su despacho, en la calle de Escudellers de Barcelona, y la entrevista se hace en la terraza de un bar. No hay bancos a la vista; solo las mesas y las sillas de dos cafeterías. Aquí, dos cafés con hielo: 2,30 euros. «La mayoría de las ciudades europeas temen el vandalismo que determinado mobiliario urbano pueda generar. Barcelona no es la única ni mucho menos. Lo que sí es cierto es que otras urbes permiten más experimentación que la nuestra». ¿Hay soluciones? «Sí, pero las que pasen por no aceptar la realidad de cómo se vive el espacio público son un error. Cuando éramos jóvenes, propusimos algunas plazas en las que los bancos, por la noche, se calentaban ligeramente. ¡Incluso pavimentos calientes! Se rieron de nosotros. Pero, bueno, también a principios de los años 80 propusimos huertos urbanos al Ayuntamiento, y les pareció una payasada. Ahora es el propio Ayuntamiento quien los coloca por todas partes», dice.

Es Galí quien menciona el banco que el estudio de arquitectos Correa & Milà instaló en la plaza Reial en 1983. Se trataba de un concepto de banco cóncavo –cuatro bancos que forman una U– que propiciaba la convivencia. De hecho, estaba diseñado para la charla. Esos bancos, afirma Galí, murieron «de éxito», ya que ahí había gente día y noche. «Quitaron los dos bancos laterales y se quedó uno solo. Al poco tiempo, el banco único fue sustituido por grupos de sillas y ahora hay una silla cada 30 metros que es el hazmerreír de la plaza. Se organizan trifulcas para pillar uno de esos asientos. Incluso hay quien se paga el bocata con el alquiler de uno», afirma. «Hemos pasado del banco cóncavo de Correa a las sillas de Clos y al no-banco de Hereu». En el número 2 de la plaza de Sant Jaume está el estudio Correa & Milà. Federico Correa es la memoria arquitectónica de la ciudad. Como catedrático de Arquitectura, una de las clases más apreciadas por sus alumnos era aquella en la que les retaba a reflexionar sobre la función de un banco y su colocación en la ciudad.

Correa explica que el mejor banco de la ciudad –«incomparable»– es el que diseñó Gaudí en el parque Güell. Un banco con zonas cóncavas, que permiten la conversación, y convexas, la soledad buscada. Incluso invitaban a apoyar la cabeza. «En esta ciudad no hay bancos suficientes. La mayoría de sus usuarios son jubilados y madres con niños», se queja. Y sigue: «Quitar los bancos es una forma salvaje y autoritaria de atacar un problema salvaje. Hay que buscar una solución humana, que evite que la gente se comporte de una manera incívica, pero que proteja a las personas que quieran comportarse de manera cívica». Con ironía, hace memoria de un suceso que podría compararse con este afán de arrancar bancos para solucionar situaciones que no tienen la raíz en el propio mobiliario: «Antes de la guerra civil, en el vestuario femenino del Club de Golf había un banco. Un día encontraron a dos señoras de la alta sociedad practicando allí una actividad sexual muy explícita. ¿Sabe lo que hicieron? Quitaron el banco. A mí me lo contó una señora extranjera que, claro, estaba sorprendida ante tal solución».

Agua y café: 2,60€. En la Rambla del Raval, a unos metros de la cafetería donde se hizo la entrevista con Jordi Bonet, hay otra terraza. Es de otro bar: agua con gas y café, 2,60. El arquitecto Álex Giménez observa la Rambla: no hay ni un espacio vacío en los bancos. Separados por reposabrazos, hay paquistanís, amas de casa, jubilados, madres, un indigente: «No es fácil gestionar el espacio público de una ciudad que tiene tanta intensidad de uso como esta. Se percibe la permanencia en el espacio público como un problema. Y si fuera un problema, eliminando mobiliario urbano no se resuelve. El urbanismo preventivo presupone el delito o la enfermedad, y lo único que se consigue es desplazar el problema».

Joan Subirats está en Barcelona, pero prefiere que la entrevista sea telefónica. A la hora concertada, esta periodista cierra la puerta del despacho de Correa. Apresurada, busca un lugar donde sentarse en la plaza. No hay. La periodista pide permiso para hacer la entrevista en una tienda de jabones de la plaza de Sant Felip Neri. Subirats explica: «La calidad del espacio público se define por dos características: el acceso, lo más abierto posible, y la diversidad de usos y personas que dicho espacio puede contener. El urbanismo preventivo tiende a la segregación –el Fórum, por ejemplo, separa dos barrios– y a discriminar el acceso a ciertos lugares públicos. Un ejemplo: una cuarta parte de la plaza de Sant Felip Neri está ocupada por la terraza de un hotel». Subirats no lo sabe, pero mientras habla, la periodista observa esa terraza. Él sigue: «El modelo de Barcelona es Singapur, una ciudad que busca la seguridad a través de la represión más que por la implicación ciudadana». Un café solo en esa terraza cuesta 3 euros.

Este texto se publicó en el Cuaderno del Domingo, el suplemento dominical de El Periódico de Catalunya el 9 de octubre del 2011. Se publica en la página web de Comress, ya que aporta elementos de reflexión sobre el tema del urbanismo y abre un debate sobre la responsabilidad social de los diferentes actores que participan en el espacio público.

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