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Elisabeth Roura

La presencia de personajes homosexuales en la ficción televisiva y cinematográfica siempre ha generado polémica en la sociedad y la vida política de muchos países, pero hasta este año el debate no se había trasladado claramente hacia las producciones de animación. La polémica más reciente empezó con Brave, la última película de animación de Pixar, criticada por caer en los tópicos de cuento tradicional pero también alabada por romper con el estereotipo histórico de princesa Disney. En el contexto electoral norteamericano, estas polémicas adquieren más relevancia y surge una pregunta muy clara: ¿El triunfo de Mitt Romney supondría abrir un camino hacia la censura de determinados contenidos televisivos, como ya ocurre en los estados más conservadores?

Hablamos de un momento de cambio social en los Estados Unidos, en el que nueve estados de EEUU han legalizado el matrimonio homosexual pero aún 31 lo prohíben explícitamente. Los derechos de igualdad se colocan en la lista de discusión de los candidatos, que ya han expresado claramente su posición: Mitt Romney sintetizó su opinión  con la ya conocida frase de “el matrimonio sólo puede existir entre un hombre y una mujer”, y Barack Obama ha declarado recientemente estar a favor del same-sex marriage. Así pues, el triunfo electoral de uno u otro condicionará la posición social de los colectivos LGTB, también en los medios de comunicación, que suelen estar muy polarizados.

El crítico cinematográfico Roger Ebert, abiertamente demócrata, fue el primero en hablar de Mérida, la protagonista de Brave, como un tomboy o marimacho, desatando así otras reacciones adversas al personaje. A esta crítica del Chicago Sun-Times le siguió otra en Entertainment Weekley, firmada por Adam Markovitz, que se preguntaba directamente si podíamos considerarla lesbiana. Es la primera película de Disney en la que una joven princesa no aspira a vivir en un castillo con un apuesto príncipe ni canta canciones de amor como lo hizo en su día Blancanieves. Lo cierto es que los cuentos tradicionales de princesas quedaron atrás hace décadas, y Disney quedó obsoleto hasta que hizo una tímida apuesta por modernizarse con Tiana y el Sapo, con una princesa negra, y este año con la nueva de Pixar.

© Disney-Pixar

La llamada tomboy es una jovencísima princesa a quien quieren obligar a casarse y el argumento se centra en las relaciones con su madre, obviando el tópico del amor hacia un príncipe para hablar del respeto hacia los propios sueños. Una apuesta sin duda mucho más actual que transmite valores útiles y reales a las niñas, que no pueden seguir aspirando a ser como la ingenua Bella Durmiente, que pasó la mitad de su vida dormida esperando la salvación masculina. ¿Es, pues, justo considerar a Mérida una tomboy por aspirar a algo más que eso? Si el personaje de Mulán ya fue un cambio positivo en Disney, Mérida es un claro referente de la sociedad actual en clave femenina.

El simple hecho de abrir una discusión sobre la homosexualidad de Mérida, cuando se trata de sólo una niña, demuestra un claro retroceso en materia de visibilización social. Este debate sitúa a los Estados Unidos al nivel de países con una clara censura conservadora, como Ucrania, donde Bob Esponja ha sido tachado de gay y retirado de la programación por los supuestos “daños psicológicos” a los niños. Lo mismo han hecho con otras series más polémicas y prohibidas en otros países, como Padre de Familia o South Park, de un contenido para nada infantil pero muy populares. No todas las producciones de animación son aptas para niños y muchas deben relegarse al horario nocturno por razones éticas, pero no siempre se respeta, España es un claro ejemplo con The Simpsons.

Es lógico que se revisen y valoren los contenidos de las películas y series de animación, pero resulta incomprensible que se abra un debate sobre la sexualidad de sus personajes. No sólo ha ocurrido con Brave y Bob Esponja, también con una supuesta pareja de gambas gays en Happy Feet 2, e incluso los Teletubbies fueron ampliamente criticados. Pero sólo hablamos de dibujos animados asexuados dirigidos a niños y niñas que aún no necesitan aprender los estigmas sociales de ser hombre o mujer. La espontaneidad de sus personajes y su lenguaje adecuado al público infantil les hace parecer absurdos a ojos de los adultos, que lamentablemente consideran que Tinky-winky no puede llevar un bolso ni Mérida puede ser aficionada al tiro con arco: la doble moral del puritanismo más rancio.

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