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Carme Ferré y Elisabeth Roura

Amanda Todd usó la misma red para despedirse del mundo que el soporte de aquellas con las que la torturaron. La chica canadiense que se quitó la vida había pedido ayuda después de varios años de sufrir acoso en las redes sociales. De nada valió cambiar de escuela, de ciudad, o poner el caso en manos de la policía. El ciberacoso en Facebook no cesó. Unos días antes de su muerte, en Europa se cuestionaban las políticas de privacidad de Facebook por la publicación de mensajes privados. La empresa de Zuckerberg está únicamente sujeta a la legislación estadounidense, donde la política de privacidad y protección de menores es casi inexistente y se lava las manos ante cada nuevo problema.

Mientras el abuso a menores alcanza cifras mundiales de lacra escondida (20% de mujeres abusadas en la infancia y 5-10% de hombres según datos de la OMS en una media planetaria), las redes sociales se suman a las herramientas de tortura de los humanos. Como tanta gente, las firmantes de este artículo han sufrido ciberacoso: la profesora por una página de Facebook donde adultos desconocidos se mofaban de cosas que no había hecho; a la alumna, cuando tenía 15 años, sus compañeras de clase la insultaron y acosaron hasta conseguir con una llamada por Messenger reunir más de veinte desconocidos para pegarle. La extensión del problema refuerza la necesidad de combatirlo con información y educación en la familia. Los padres no pueden ser responsables de lo que no conocen.

Facebook empezó a tener éxito entre los jóvenes hacia 2008 y no ha parado de aumentar su número de perfiles, aunque superado el auge de esta red social, los usuarios empiecen a cuestionarla. Según el estudio Menores y redes sociales, más de una tercera parte de los jóvenes internautas españoles (entre 10 y 18 años) gestionan un perfil de red social e incluso un 35% tienen más de uno. El conocimiento de este nuevo entorno social por parte de los padres está creciendo, porque las campañas de concienciación sobre los riesgos de Internet y la inclusión del ordenador en la etapa formativa de los menores les obligan a ello. El mismo estudio confirma que el uso de Internet se ha convertido en objeto de discusión en el entorno familiar: un 34% de los usuarios habituales de redes sociales admiten discutir con sus padres por el tiempo que invierten en Internet.

Pero a pesar del intento de control parental, mientras que un 11% de los jóvenes reconoce haber sufrido algún tipo de maltrato psicológico a través de Internet, mayoritariamente por parte de desconocidos, el conocimiento de los padres sobre este tipo de maltratos es inferior a lo que declaran sus hijos: solo un 6,2% asegura conocerlo. La actitud de los padres respecto a las redes sociales suele ser negativa, pero el desconocimiento es aún mayor. La Confederación Española de Madres y Padres pone a disposición de los padres un documento de consejos sobre las redes sociales que incluyen, principalmente, el diálogo, el fomento de la autonomía de los menores y la actitud positiva, lo cual no se ve reflejado en los resultados sobre discusiones familiares.

El estudio más reciente de la Comisión Europea determina que un 70% de los menores  españoles navegan en su horario escolar, y un 58% se conectan diariamente una media de 70 minutos. España tiene una regulación restrictiva, que oficialmente no permite ser usuario de redes sociales antes de los 14 años, pero un 42% de menores de esa edad tienen un perfil, generalmente de Facebook. Ante la proliferación del problema y la extensión del uso de las redes, no queda más remedio que incluir de manera curricular las nociones de privacidad, gestión de la propia imagen y el concepto de memoria digital, ya que no se ha encontrado la manera de que los empresarios de la red nos permitan borrar datos anticuados o abusivos con las personas. En este juego de responsabilidades, las corporaciones, la administración y la familia deberían proteger al menor, aun si la protección implica gestionar el conflicto.

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