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Jaime A. Orozco

Los últimos estudios publicados por la ONG Transparencia Internacional dan cuenta de que España es el segundo país del mundo en donde sube más la percepción de corrupción. Los casos se cuentan ya por cientos y lamentablemente es muy posible que sigan en aumento.

La corrupción es un flagelo que vienen padeciendo países latinoamericanos y africanos desde hace muchos años y ahora parece que el turno le ha tocado a España.

Si bien hay países donde se cuenta con mayores recursos y el impacto de este flagelo es menor, hay lugares del mundo en donde políticos y clase dirigente han dejado sin educación, sin techo, sin comida, sin sanidad a cientos de miles de personas. No es fortuito que la ONU, dentro de sus postulados relacionados con la Responsabilidad Social Corporativa, incluya dentro de los parámetros de desarrollo del Global Compact un capítulo especial sobre corrupción.

Realmente la corrupción ha existido en España y en todos los países del mundo, solo que ahora se cuenta con muchas más herramientas para dar a conocer procesos de malversación de fondos. Incluso la crisis económica que se vive en España ha hecho que se deje de mirar hacia otra parte, y se preste mucha atención a cualquier caso, bien sea del sector privado, del sector público e incluso de la propia familia real.

El fenómeno de la puerta giratoria en la que los políticos pasan a ocupar cargos importantes en empresas privadas ha sido uno de los detonantes de este fenómeno que carcome los recursos, pero sobre todo mina la moral de la ciudadanía. En este sentido, los medios de comunicación cumplen una función trascendental pues se convierten en veedores de y en una voz que intenta abrir los ojos de la ciudadanía, o por lo menos, invocar a una mayor conciencia de denuncia.

Las redes sociales son otra herramienta fundamental para denunciar este tipo de actividades corruptas. Sin embargo, lo que debería pasar en un país como España y en general en Latinoamérica no es solo tener los ojos abiertos y la disposición de denunciar y condenar a los corruptos, sino realizar campañas de prevención mediante la concienciación y la ética, tanto en las empresas como en las instituciones públicas.

La crisis económica que vivimos se debe aprovechar para crear conciencia, para condenar a los corruptos, para que los medios de comunicación den a conocer los casos sea cual fuere su autor y que la Responsabilidad Social Corporativa no se quede solo en procesos de gestión de residuos, o el buen trato a los empleados, sino que trascienda a una ética en la que la corrupción no solo sea condenada y juzgada, sino que los autores sean señalados e inhabilitados de por vida.

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