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Elisabeth Roura y Carme Ferré

“El Papa renuncia”, quizás será el titular más sorprendente del año. Benedicto XVI deja el cargo voluntariamente, un hecho insólito en más de 600 años. Es una decisión que siembra la duda, no tanto por sus motivos, sino por las consecuencias. ¿Qué resultado tendrá la próxima humareda blanca? ¿Otro Papa ultraconservador? ¿Será éste el punto de inflexión para que el Vaticano quiera replantearse una apertura ideológica? El colectivo homosexual, tan amenazado en el mundo, seguro está a la expectativa. Pero lo nuevo de la decisión no evita lo clásico de su opacidad comunicativa.

La Iglesia tiene una amplia capacidad de influencia, incluso en los aspectos que rigen la vida privada, como los derechos de los homosexuales. Lo hemos visto en España, con el revuelo que organizaron la Conferencia Episcopal y el PP contra la ley del matrimonio igualitario. Incluso después de la sentencia favorable del Tribunal Constitucional, algunos medios de comunicación abrían portada con “Será Constitucional, pero no es matrimonio”. Estas últimas semanas, la Francia de la egalité ha demostrado estar absolutamente dividida al respecto, mientras el Reino Unido ha acabado un debate histórico con arduas discusiones en su Parlamento.

El panorama mundial de los derechos LGTB ha cambiado bastante durante los últimos veinte años pero no lo suficiente. El 40% de países miembros de las Naciones Unidas criminalizan los actos homosexuales, según datos de la Asociación Internacional de Gays y Lesbianas. Hasta 78 países consideran ilegal la homosexualidad e incluso en 7 se condena a pena de muerte, poniéndola a la altura del robo o el asesinato. Los datos demuestran que los derechos de los homosexuales están incluso poco definidos en muchos países, ya sea por las decisiones legislativas inoperativas, como en India, o por la influencia de las guerrillas yihadistas en algunas zonas (como Somalia o Nigeria).ILGA_mapa_2012_A4-page-001

Estados Unidos es otro de los países difíciles de clasificar, porque no hay ninguna regulación a nivel federal, aunque algunos estados han empezado a aprobar el matrimonio igualitario. La diversidad cultural y religiosa de la sociedad norteamericana demuestra la enorme influencia de la religión en las decisiones políticas que buscan más igualdad y tolerancia. Casos más extremos, donde se da directamente una intolerancia absoluta, son China o Rusia, dónde la iglesia ortodoxa mantiene su hegemonía en la Duma y condiciona absolutamente todas las decisiones referentes a los homosexuales. Las últimas: limitar las adopciones a franceses y británicos, y prohibir todo tipo de “propaganda homosexual”.

“El matrimonio homosexual es una amenaza grave contra la familia tradicional que socava el porvenir mismo de la humanidad”, ha repetido Benedicto XVI. Renuncia en un momento en que los derechos sexuales deberían ser un punto preferente en la agenda de todos los países que pretendan apuntarse a la carrera del progreso y limitar la influencia de las religiones.  Y lo hace con un escándalo de ámbito global sobre la pederastia que no ha aparecido en los motivos de su renuncia. Que un Papa renuncie será nuevo, pero las paredes vaticanas siguen siendo gruesas.

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